Blog de Cosas de un elitista

historia

Hacia el Movimiento Nacional Democrático (I): La Transición empezó en 1959

Escrito por elrincondelelitista 30-10-2016 en historia. Comentarios (0)

A veces me llaman cínico. No digo que no lo sea, pero también señalo que ese cinismo se debe a que al tener una edad y una memoria, a veces he visto a gente haciendo lo contrario de lo que hoy pregonan -sin reconocer qué hicieron antes- y otras he visto pasar antes lo mismo que vemos hoy como novedad. Ni he visto asaltar naves en llamas ni rayos brillar más allá de las Puertas de Tannhauser, pero si hubiera guardado todos los ejemplares de prensa que leí, saldría una atractiva obra de humor.

Ayer decía de nuevo que para mí la Transición tuvo lugar en 1959 y que lo demás ha sido cosmética. A veces importante y necesaria, pero en el fondo constante. No sé si en las altas esferas del poder español hay mucha gente que haya leído a Lampedusa, el de cambiarlo todo para que nada cambie. Pero seguro que algunos sí porque cuando hubo de hacerse, se obró en consecuencia. Quien es seguro que no lo había leído era Franco, porque se lo tuvieron que explicar aunque más en forma práctica que teórica.

Vayamos a aquel momento: Franco había ganado la guerra en 1939. Su poder era bastante sólido dado que el enemigo había sido prácticamente aniquilado física y/o moralmente. El único problema con el que tenía que lidiar era con el cerco internacional al haber sido aliado de los derrotados en la IIGM Hitler y Mussolini. Ni siquiera era grave el problema de que el pueblo español apenas tenía qué comer -”¡Qué patada le van a dar a Franco en nuestro culo!”, dijo el brillante escritor franquista Foxá- porque ya Carrero Blanco había decretado que los españoles “comerían piedras en defensa de su Generalísimo”. Ese, además, se solucionó cuando la Guerra Fría impulsó un acuerdo con Estados Unidos, dado que este necesitaba una retaguardia en Europa en caso de guerra. El acuerdo con los yanquis revitalizó, también, una economía exhausta. Créditos.Dólares. Esto pasó en 1953.


El franquismo también tenía su parlamentarismo. Las Cortes, que estaban donde ahora.

Pero en 1958-59 esos créditos estaban exhaustos, en buena parte porque la economía seguía funcionando vía Ordeno y Mando, a lo cuartelero. Inflación, escasez, carencia de divisas, controles gubernamentales para todo… Por ponerles un ejemplo, los mismos problemas que ahora tiene la Venezuela “socialista” de Maduro, lo que nos lleva a abrir el melón de si la economía socialista es en realidad una traslación de la economía militar, una planificada de guerra que impulsó el Estado Mayor Alemán en la I Guerra Mundial. Ese fue, al menos, el modelo que estableció Lenin. Pero no divaguemos. El caso era que la situación de la economía era tan grave que en 1959 se estaba barajando establecer otra vez las cartillas de racionamiento que se habían retirado en 1953. El problema serían la posibilidad de disturbios sociales -tampoco muy elevada- y la mala imagen que daría al bloque USA el hecho de tener un aliado paupérrimo en Europa.

Bien. Coincidiendo con estos hechos entra en escena un importante actor político. El régimen, tras la guerra, se basó en el apoyo de varias fuerzas: la Falange, un partido más o menos fascista que sirvió de banderín de enganche para la gente que se sumaba al bando sublevado (poquísimos afiliados antes de 1936, cientos de miles tras 1939). La Falange quedó prácticamente desactivada en 1943 por lo inconveniente de mantenerla en el primer plano con la guerra perdida por nazis y fascistas. Las piruetas ideológicas para justificarla son muy graciosas. Otro, el Carlismo, una de las alas del catolicismo (el ala paramilitar) que en la época era tan político como hoy el islamismo (se los puede asimilar a talibanes y muyaidines). Esos desaparecieron pronto de la circulación. Fueron los perdedores de los ganadores. Otro, el Ejército, cuyo papel político era en realidad limitado por falta de preparación: se limitaban a mantener su posición, de forma también lógica y profesional. Sin embargo, precisamente por eso (recuerden que Franco decía no meterse en política)  y por poseer fuerza real, su posición era sólida: Alonso Vega, Carrero Blanco, Muñoz Grandes y otros. Su rama civil eran los ‘leales’, simbolizados por políticos como Arias Navarro, Arrese, Girón o Solis. El otro actor era el catolicismo político pero no a la manera carlista: este era más ‘pacífico’. Franco logra un concordato con la Santa Sede que da a la Iglesia una enorme preeminencia y permite al régimen esconder su pecado original de fascismo.

López Rodó presenta el Plan de Desarrollo. Base de la Transición Española.

Un pecado, por otra parte, tampoco cometido a conciencia. Franco decía no haber sido nunca fascista y es totalmente cierto: Franco era conservador, a la manera del conservadurismo tradicional español, que nunca ha necesitado modelos extranjeros para inspirarse. Es más, estos eran sospechosos, por si acaso cambiaban algo. Su modelo era que nada cambiara: nobleza, clero y pueblo, y así desde la Reconquista hasta el Juicio Final. Su apogeo, la España de los Austria, la que acabó con el país en bancarrota y la dinastía extinguida, pero a eso se podría aplicar la frase de Felipe II, cuando le informaron que cierta aristócrata había muerto al caer de su caballo. “¿Murió honesta?” “Honestísima, señor”, “Pues demos gracias a Dios”. Los primeros Borbones introdujeron cambios que, a juicio de este pensamiento, fueron también un inicio de decadencia. Y eso que la Inquisición no se abolió hasta 1830. Este pensamiento se articuló en el carlismo, que en el XIX se alzó en armas cada vez que parecía que el país podía cambiar un poco. Y no quiere eso decir que los liberales fueran muy civilizados. Al menos podían ser tan bestias como ellos, fusilando rehenes -mujeres y niños incluidos- mientras que esta facción tenía también su derecha y su izquierda… En fin, alguien escribió que Franco fue como Narváez, pero a lo bestia. (Narváez se moría. Su confesor le exhortaba a perdonar a sus enemigos y éste le dijo “Padre, no tengo ninguno. Los he fusilado a todos”. Franco, en su testamento, perdonó a sus enemigos, pero dijo no haber tenido más que los que lo fueron de España -su España, claro- y esos, ya se sabe).

Pero divagamos de nuevo. En torno a 1940 en el catolicismo español estaba tomando cuerpo un ‘grupo de élite’ que era el Opus Dei. No voy a analizarlo porque eso sería interminable. Baste decir que el Opus Dei captaba sobre todo a personas de alto nivel intelectual y profesional. También económico pero eso era secundario. Si eso obedecía a un plan para hacerse con el control del país desde arriba, dígalo cada cual. Tengo amigos del Opus, gente en general excelente, y mi propia opinión sobre la organización. Pero no es de eso de lo que se habla ahora. El caso era que, de todas las ‘familias’ del Régimen, la de más preparación intelectual y profesional era de larguísimo el Opus Dei. Los Tecnócratas como se les llamaba.

Qué fines se perseguían no lo analizamos aquí. Tampoco si se debió a un plan o mandaron las circunstancias. El caso fue que una persona de relevancia en la estructura del Estado, Mariano Navarro Rubio y 'tecnócrata', ministro de Hacienda, le expuso durante una audiencia la situación al Caudillo en toda su gravedad. Le informó sobre la inminente bancarrota del Estado pero, pese a ello, Franco no se decidía a poner punto final a la autarquía, la política económica que su juicio garantizaba la incolumidad del Estado nacido de la Victoria: era cuestión política. Ideológica. Al final, Navarro le planteó un último argumento: “pero Excelencia ¿qué pasa si después de volver a poner las cartillas de racionamiento se nos hiela la naranja y nos quedamos sin exportaciones?”.

El turismo demostró que sin los Valores Eternos también se podía pasar

Al final, Franco decidió: dio a los Tecnócratas el manejo del poder económico y eso, para mí, fue el verdadero inicio de la Transición Española. Es más, fue la verdadera Transición porque significó el resquebrajamiento del régimen de la Guerra Civil. Se rompió la estructura económica de ordeno y mando y se liberalizó la economía. Como consecuencia, se arreglaron algunos problemas como la inflación. Hubo inversión exterior -la interior, como de costumbre, ni estaba ni se la esperaba-  La ‘clase trabajadora’ vivió dificultades derivadas de congelaciones salariales y se produjo un aumento del paro, que se palió con la emigración al extranjero que, además, enviaba remesas en divisas. Pero como el español ha sido siempre muy sufrido y venía de hambres muy negras, no lo notó demasiado. Es decir: se cambió una estructura de poder por otra. El proceso sería por partes, pero ya de forma definitiva. El viejo poder claudicaba: sólo tendría peso en la medida que se sumara al nuevo estado -económico de cosas- o sería irrelevante.

El turismo surgió como industria de primer nivel y ese turismo significó también un fuerte impulso a la evolución social de un país que empezó a ver, asombrado, como la gente extranjera que no seguía las estrictas normas político-económico-religioso-sociales que a ellos les habían inculcado desde la cuna parecían ser más felices y, sobre todo, más ricos que ellos. Y quien tenía familia o amigos emigrantes en el extranjero decían lo mismo. Ese cambio social dejó el terreno abonado para una segunda fase de la Transición que algún día tendría que llegar ante el temor de buena parte del ‘sector leal’, que no eran completamente tontos y veían que se les estaba escapando el control de la población.


Y claro...

Pero Franco, que tras tomar una decisión la asumía, siempre respaldó las decisiones de sus ministros económicos que, además, no ponían nunca en cuestión el poder político. Eso no significó que los ‘leales’, que por otra parte participaban de la nueva situación económica, no trataran de recuperar posiciones. En 1962 el propio Franco frenó un intento falangista-leal de expulsar del poder al Opus. En 1967 estalló el Escándalo Matesa, que implicaba a parte de los tecnócratas. Sin embargo, ya para entonces se había ejecutado un Plan de Estabilización, uno de desarrollo, estaban previstos dos más, la inversión exterior afluía y España se estaba modernizando en todos los sentidos a pasos agigantados. Estados Unidos ya no tenía un aliado paupérrimo que recordaba aún constantemente aquellos tiempos en los que Hitler y Mussolini eran puestos como modelos. Un historiador poco complaciente como Juan Pablo Fusi señala que la dictadura franquista, que por momentos fue la peor de Europa, superando incluso a Hitler o Stalin, llegó a ser también políticamene la más benévola del mundo. Ese periodo el de los años 1962 (aunque en 1963 se fusiló a Grimau, última ejecución por hechos sucedidos durante la Guerra Civil) a 1972, fueron los años del Desarrollo, cuando la aspiración española era entrar en el Mercado Común.

Vamos a dejarlo aquí por hoy. Simplemente, apuntar que los Tecnócratas tenían un gran valedor en el sector ‘leal’: un hombre tan próximo a Caudillo como Luis Carrero Blanco.

Las dos horcas de Nuremberg: 70 años

Escrito por elrincondelelitista 16-10-2016 en historia. Comentarios (0)

Tal día como hoy hace 70 años tuvieron lugar las ejecuciones correspondientes a los Juicios de Nuremberg: 10 de los 11 altos cargos del III Reich que fueron condenados a muerte tras el jucio que se siguió por un tribunal internacional al estado nazi fueron ahorcados.Hubo más juicios y más ejecuciones. Aquellas de las que se cumple hoy el aniversario fueron las relativas al juicio al propio estado: se juzgó a los más altos representantes de las diversas estructuras de poder y a las mismas estructuras. A algunas se las declaró inocentes como al Estado y al Ejército, pero se condenó a todas las relativas la nazismo, como las SS, la Gestapo o las Juventudes Hitlerianas. Eso significaba que, en juicios posteriores, se podría alegar como acusación la pertenencia a ellas.

En general, pocos de los condenados eran nazis de primera línea. Algunos  de estos como Heydrich habían muerto. Otros, como Hitler, Himmler o Goebbels, se habían suicidado y Bormann o 'Gestapo' Muller, desaparecidos. Sin embargo, se juzgó inexcusable que el juicio se llevara a cabo para demostrar al mundo la inequívoca voluntad de no permitir hechos semejantes en el futuro. Todo el mundo veía que el enfrentamiento entre la URSS y Occidente era inminente, pero antes cumplirían el último acto de su alianza juzgando al III Reich, una concepción que escapaba de ambos conceptos políticos.


A decir verdad, resultó un número de condenas a muertes sorprendentemente escaso para los crímenes cometidos. Las acusaciones eran crímenes de guerra, contra la paz, contra la humanidad, y conspiración para cometerlos. Los soviéticos no querían absoluciones, pero debieron transigir con ellas. Fueron condenados a muerte Martin Bormann, canciller del NSDAP; Hans Frank, gobernador de Polonia; Wilhem Frick, ministro del interior y sancionador de todas las leyes racistas y represivas; Hermann Göring, personaje capital en la creación del NSDAP y sus estructuras, jefe de la Luftwaffe y sucesor designado de Hiter;  los mariscales Alfred Jodl y Wilhem Keitel, los enlaces de Hitler con el ejército; Ernest Kaltenbrunner, al frente de la estructura de las SS en cuanto a represión y exterminio tras la muerte de Heydrich; Joachim von Ribbentrop, ministro de asuntos exteriores y clave en la preparación de la guerra; Alfred Rosenberg, ideólogo del racismo y  Ministro de los Territorios Ocupados; Fritz Sauckel, director del programa de esclavitud de los pueblos vencidos; Arthur Seyss-Inquart, gobernador de Austria y Holanda, y Julius Streicher, director de Der Sturmer, el gran periódico antisemita.

Bormann y Goering no fueron ejecutados. El primero había sido juzgado en ausencia y su paradero fue un mistero durante décadas. Ya en el siglo XXI se consideró, aunque con pruebas discutidas, que murio durante la batalla de Berlín. Goering se suicidó con una ampolla de cianuro sin que esté aún totalmente claro como la consiguió. A diferencia de la leyenda es conveniente señala que el cianuro, tan usado por dirigentes nazis, es un veneno instantáneo pero no indoloro: causa fuertes aunque breves dolores y violentas convulsiones.

A cadena perpetua fueron condenados Walter Funk, ministro de economía; Rudolf Hess, primera mano derecha de Hitler, y Erich Raeder, comandante en jefe de la marina de guerra, que a diferencia de los condenados, que pidieron indulto, solicitó ser fusilado. Sólo Hess moriría en prisión.

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Supuesto dibujo de un testigo de la ejecución de Ribbentrop si bien tiene un error: La capucha se colocaba antes del lazo.


Albert Speer, favorito de Hitler y eficacísimo ministro de armamentos, fue condenado a 20 años. Sorprendió tras la condena de Sauckel, su subordinado. Fue uno de los dos que expresaron arrepentimiento por el periodo nazi (luego se hizo millonario vendiendo memorias). Baldur von Schirach, líder de las Juventudes Hitlerianas recibió la misma pena. Este protestó ante Hitler por el trato a los judíos perdiendo por ello sus cargos. Konstantin von Neurath,  "Protector" de Bohemia y Moravia antes que Heydrich y sustituido por 'blando', 15 años y el almirante Karl Dönitz, comandante del arma submarina, 10. Este disuadió a Hitler de dar la orden de mata a los náufragos después de hundir los barcos.

Fue absuelto Hans Fritzsche, ayudante de Joseph Goebbels en el Ministerio de Propaganda. Este no tenía la categoría de los otros, pero era preciso llevar a ese ministerio al banquillo. También lo fue el aristócrata Franz von Papen, que en realidad fue quien llevó a Htler a la cancillería.  Y Hjalmar Schacht, ex presidente del Reichsbank. Gustav Krupp, 'empleador' del trabajo esclavo no llegó a ser juzgado por senilidad. Robert Ley, Jefe del Frente Alemán del Trabajo e implicado en la esclavitud se suicidó en prisión antes de Goering.

Woods, el verdugo jefe

Llegado el momento de la ejecución, los condenados se comportaron en general con entereza salvo Streicher (que era despreciado por todos los demás acusados por su historial de alcohólico, corrupto, pornógrafo y evidente mentiroso (!) en el antisemitismo de Der Sturmer), que tuvo que ser arrastrado al patíbulo. Se dispusieron dos horcas para ser usadas alternativamente (cuando el segundo reo, Keitel, entró, aún colgaba de la horca Ribbentrol, aunque no se veía su cuerpo, pues el patíbulo tenía cuatro paredes) y uno en reserva. El procedimiento, el de las ejecuciones estadounidenses: caída (2,65) para que el condenado se rompiera el cuello. Los ejecutores fueron el verdugo estadounidenses John C. Woods y su ayudante José Malta. Las lazadas se cambiaban tras cada ejecución. 

Había un capellán católico y otro luterano. Sólo Rosenberg los rechazó, aunque sólo Frank -reconvertido al catolicismo-  fue acompañado hasta el final. Se le estimaba responsable de tres millones de muertes.

Streicher


El primero en ser ejecutado fue Von Ribbentropp, a las 1.14 horas; después,Keitel, Kaltenbrunner, Keitel, Rosenberg, Frank, Frick, Streicher ("¡Algún día los bolcheviques os colgarán a vosotros!" gritaba en el patíbulo, al que había sido llevado casi a rastras, además de gritos contra los judíos), Sauckel, Jodl y Seyss-Inquart. Fuentes neonazis y revisionistas afirman que las lazadas fueron manipuladas para que los condenados murieran estrangulados pero eso concuerda poco con que la ejecuciones duraran 70 minutos solamente. ("10 hombres en 70 minutos, esto es trabajar rápido", comentó Woods) y que habían sido degollados según un ritual judío. Algunos cadáveres resultaros ensangrentados, pero se debió a que golpearon con la trampilla del patíbulo al caer.

Después, los cuerpos fueron incinerados se dice que en Dachau y las cenizas arrojadas a un río. Un último detalle: dos de los procesados pertenecían a medios de comunicación. Uno, Fritzsche, fue absuelto. Otro, Streicher, colgado. Y como queda dicho, fue la ejecución menos 'estética'.


Supuesta imagen de la ejecución, tomada de un noticiario cinematográfico

El 12 de octubre y los 500 años

Escrito por elrincondelelitista 13-10-2016 en sociedad. Comentarios (1)

Tras pasar por el Día de la Hispanidad, ese día en que españoles de ambos hemisferios se insultan unos a otros en el mismo idioma  y, dentro de los de este lado, unos insultan a otros por no ser españoles como Ellos y Dios mandan (porque es evidente que ellos interpretan la voluntad de Dios: ellos mismos lo dicen) se me ocurren una serie de reflexiones. Una de ellas es la gracia que me hace ver juzgar el pasado a la luz del presente. Además de ser inútil, es tonto, pero ayuda a comprender donde estamos ahora. Juzgar la Conquista, la Invasión o como queramos llamarla como si en vez de 1500 estuviéramos en 1980 es tanto como decir que los de Atapuerca eran tontos por ir andando a los sitios cuando podrían ir en un 4x4. Total, sólo había que inventarlo. Es divertido ver oponer a Moctezuma, por ejemplo, a Cortés, como si uno hablara con un lenguaje inclusivo, defendiera la paridad de género, fuera vegano y lector de Paulo Coelho, y el otro lobo de Wall Street, cazador de elefantes y comisionista político, cuando en realidad eran tal para cual y se comportaban en la forma en la que era común en su tiempo.

Moctezuma quería un imperio y lo había establecido. Tenía una buena cantidad de pueblos vasallos a los que no se trataba bien precisamente: se les expoliaba, esclavizaba, sacrificaba y devoraba sin que fuera muy de su agrado, como demuestra el hecho de que cuando llegaron unos extranjeros un tanto rudos pero con atractiva tecnología (arcabuces, cañones, espadas de metal, caballería...) y les ofrecieron cobrárselas todas a sus amos, se apresuraran a ponerse a su lado. Cortés quería otro imperio, y del choque entre ambos surgió la guerra. Así había sido desde que los egipcios establecieron el primero: babilonios, asirios, persas, macedonios, jázaros, romanos, musulmanes, mongoles y demás establecieron sus imperios por conquista. Los cristianos no, porque estaban demasiado divididos entre ellos: crearon pequeños imperios no definidos por vocación de universalidad, sino de nacionalidad, pero el resultado es el mismo. En la Europa del siglo XV la forma normal de relación entre naciones era la guerra y quien veía algo, lo tomaba. 


Llegaron los españoles a América y esclavizaron a los indios del Caribe, neolíticos ellos y sin capacidad de defensa. Murieron casi todos, claro, siguiendo el destino de los pueblos conquistados a lo largo de la historia: a sus conquistadores no les importaban gran cosa salvo como fuerza de trabajo. Los aztecas, más organizados, eran otra cosa. Al igual que los Incas. Es precisamente porque todo eso pasó por lo que hoy en día la humanidad, al menos parte de ella, no se conduce de esa forma, al menos abiertamente. Y tardó tiempo en calar esa nueva forma de pensar: a finales del siglo XIX la Repúbica Argentina aniquiló abiertamente a sus aborígenes, al igual que en el norte los británicos primero y los Estados Unidos después. En Australia los aborígenes estuvieron administrados por el departamento de fauna hasta mediados del siglo XX. Luego hablaremos de quien apoyó a quien cuando llegaron las luchas por la Independencia de Nueva España al Río de la Plata. Parece que Bolívar andaba ligeramente molesto porque yndios, negros y mestizos no se le sumaran en masa.


Pero claro, cuando digo eso de que parte de la gente no se conduce ya así es por eso: porque es en parte. En el Hemisferio de allá, después de 200 años de una Independencia a la que se llegó cuando las Colonias eran mucho más fuertes que la metrópoli, muchos siguen clamando por la Conquista culpándola de sus males -que digo yo que es tenerse en poco, que Japón y Alemania estaban peor hace 50 años que la Capitanía General de Caracas hace 200, por ejemplo-. Y acá muchos siguen lamentando que lo de allá no sigan siendo colonias y claman ridículamente, por ejemplo, porque el Ayuntamiento de Madrid haya colgado la bandera de los pueblos indígenas -sin quitar la de España- y reclaman que la quiten, que no les representa. Pues en mi elitista opinión, si no les representa a ellos es que ellos no forman parte de lo que orgullosamente llaman la Hispanidad y, en realidad, es el viejo imperio que aún quieren y en muchos casos aún creen tener como los ingleses del Brexit. Siguen un discurso tan rancio, casposo y falso como el de aquellos quienes dicen que no han bastado 500 años para solventar los males que les causó la conquista y, en fin, es gente de poco fiar pues serían felices con la España hambrienta y lúgubre de Ynquisición y fanatismo que nos causó 200 años de guerras civiles y, por tanto, felices serían por hacernos volver a ella y a ellas que, por supuesto, siempre serían por culpa de los otros.

Así estamos, ya ven.