Blog de Cosas de un elitista

Hacia el Movimiento Nacional Democrático (I): La Transición empezó en 1959

A veces me llaman cínico. No digo que no lo sea, pero también señalo que ese cinismo se debe a que al tener una edad y una memoria, a veces he visto a gente haciendo lo contrario de lo que hoy pregonan -sin reconocer qué hicieron antes- y otras he visto pasar antes lo mismo que vemos hoy como novedad. Ni he visto asaltar naves en llamas ni rayos brillar más allá de las Puertas de Tannhauser, pero si hubiera guardado todos los ejemplares de prensa que leí, saldría una atractiva obra de humor.

Ayer decía de nuevo que para mí la Transición tuvo lugar en 1959 y que lo demás ha sido cosmética. A veces importante y necesaria, pero en el fondo constante. No sé si en las altas esferas del poder español hay mucha gente que haya leído a Lampedusa, el de cambiarlo todo para que nada cambie. Pero seguro que algunos sí porque cuando hubo de hacerse, se obró en consecuencia. Quien es seguro que no lo había leído era Franco, porque se lo tuvieron que explicar aunque más en forma práctica que teórica.

Vayamos a aquel momento: Franco había ganado la guerra en 1939. Su poder era bastante sólido dado que el enemigo había sido prácticamente aniquilado física y/o moralmente. El único problema con el que tenía que lidiar era con el cerco internacional al haber sido aliado de los derrotados en la IIGM Hitler y Mussolini. Ni siquiera era grave el problema de que el pueblo español apenas tenía qué comer -”¡Qué patada le van a dar a Franco en nuestro culo!”, dijo el brillante escritor franquista Foxá- porque ya Carrero Blanco había decretado que los españoles “comerían piedras en defensa de su Generalísimo”. Ese, además, se solucionó cuando la Guerra Fría impulsó un acuerdo con Estados Unidos, dado que este necesitaba una retaguardia en Europa en caso de guerra. El acuerdo con los yanquis revitalizó, también, una economía exhausta. Créditos.Dólares. Esto pasó en 1953.


El franquismo también tenía su parlamentarismo. Las Cortes, que estaban donde ahora.

Pero en 1958-59 esos créditos estaban exhaustos, en buena parte porque la economía seguía funcionando vía Ordeno y Mando, a lo cuartelero. Inflación, escasez, carencia de divisas, controles gubernamentales para todo… Por ponerles un ejemplo, los mismos problemas que ahora tiene la Venezuela “socialista” de Maduro, lo que nos lleva a abrir el melón de si la economía socialista es en realidad una traslación de la economía militar, una planificada de guerra que impulsó el Estado Mayor Alemán en la I Guerra Mundial. Ese fue, al menos, el modelo que estableció Lenin. Pero no divaguemos. El caso era que la situación de la economía era tan grave que en 1959 se estaba barajando establecer otra vez las cartillas de racionamiento que se habían retirado en 1953. El problema serían la posibilidad de disturbios sociales -tampoco muy elevada- y la mala imagen que daría al bloque USA el hecho de tener un aliado paupérrimo en Europa.

Bien. Coincidiendo con estos hechos entra en escena un importante actor político. El régimen, tras la guerra, se basó en el apoyo de varias fuerzas: la Falange, un partido más o menos fascista que sirvió de banderín de enganche para la gente que se sumaba al bando sublevado (poquísimos afiliados antes de 1936, cientos de miles tras 1939). La Falange quedó prácticamente desactivada en 1943 por lo inconveniente de mantenerla en el primer plano con la guerra perdida por nazis y fascistas. Las piruetas ideológicas para justificarla son muy graciosas. Otro, el Carlismo, una de las alas del catolicismo (el ala paramilitar) que en la época era tan político como hoy el islamismo (se los puede asimilar a talibanes y muyaidines). Esos desaparecieron pronto de la circulación. Fueron los perdedores de los ganadores. Otro, el Ejército, cuyo papel político era en realidad limitado por falta de preparación: se limitaban a mantener su posición, de forma también lógica y profesional. Sin embargo, precisamente por eso (recuerden que Franco decía no meterse en política)  y por poseer fuerza real, su posición era sólida: Alonso Vega, Carrero Blanco, Muñoz Grandes y otros. Su rama civil eran los ‘leales’, simbolizados por políticos como Arias Navarro, Arrese, Girón o Solis. El otro actor era el catolicismo político pero no a la manera carlista: este era más ‘pacífico’. Franco logra un concordato con la Santa Sede que da a la Iglesia una enorme preeminencia y permite al régimen esconder su pecado original de fascismo.

López Rodó presenta el Plan de Desarrollo. Base de la Transición Española.

Un pecado, por otra parte, tampoco cometido a conciencia. Franco decía no haber sido nunca fascista y es totalmente cierto: Franco era conservador, a la manera del conservadurismo tradicional español, que nunca ha necesitado modelos extranjeros para inspirarse. Es más, estos eran sospechosos, por si acaso cambiaban algo. Su modelo era que nada cambiara: nobleza, clero y pueblo, y así desde la Reconquista hasta el Juicio Final. Su apogeo, la España de los Austria, la que acabó con el país en bancarrota y la dinastía extinguida, pero a eso se podría aplicar la frase de Felipe II, cuando le informaron que cierta aristócrata había muerto al caer de su caballo. “¿Murió honesta?” “Honestísima, señor”, “Pues demos gracias a Dios”. Los primeros Borbones introdujeron cambios que, a juicio de este pensamiento, fueron también un inicio de decadencia. Y eso que la Inquisición no se abolió hasta 1830. Este pensamiento se articuló en el carlismo, que en el XIX se alzó en armas cada vez que parecía que el país podía cambiar un poco. Y no quiere eso decir que los liberales fueran muy civilizados. Al menos podían ser tan bestias como ellos, fusilando rehenes -mujeres y niños incluidos- mientras que esta facción tenía también su derecha y su izquierda… En fin, alguien escribió que Franco fue como Narváez, pero a lo bestia. (Narváez se moría. Su confesor le exhortaba a perdonar a sus enemigos y éste le dijo “Padre, no tengo ninguno. Los he fusilado a todos”. Franco, en su testamento, perdonó a sus enemigos, pero dijo no haber tenido más que los que lo fueron de España -su España, claro- y esos, ya se sabe).

Pero divagamos de nuevo. En torno a 1940 en el catolicismo español estaba tomando cuerpo un ‘grupo de élite’ que era el Opus Dei. No voy a analizarlo porque eso sería interminable. Baste decir que el Opus Dei captaba sobre todo a personas de alto nivel intelectual y profesional. También económico pero eso era secundario. Si eso obedecía a un plan para hacerse con el control del país desde arriba, dígalo cada cual. Tengo amigos del Opus, gente en general excelente, y mi propia opinión sobre la organización. Pero no es de eso de lo que se habla ahora. El caso era que, de todas las ‘familias’ del Régimen, la de más preparación intelectual y profesional era de larguísimo el Opus Dei. Los Tecnócratas como se les llamaba.

Qué fines se perseguían no lo analizamos aquí. Tampoco si se debió a un plan o mandaron las circunstancias. El caso fue que una persona de relevancia en la estructura del Estado, Mariano Navarro Rubio y 'tecnócrata', ministro de Hacienda, le expuso durante una audiencia la situación al Caudillo en toda su gravedad. Le informó sobre la inminente bancarrota del Estado pero, pese a ello, Franco no se decidía a poner punto final a la autarquía, la política económica que su juicio garantizaba la incolumidad del Estado nacido de la Victoria: era cuestión política. Ideológica. Al final, Navarro le planteó un último argumento: “pero Excelencia ¿qué pasa si después de volver a poner las cartillas de racionamiento se nos hiela la naranja y nos quedamos sin exportaciones?”.

El turismo demostró que sin los Valores Eternos también se podía pasar

Al final, Franco decidió: dio a los Tecnócratas el manejo del poder económico y eso, para mí, fue el verdadero inicio de la Transición Española. Es más, fue la verdadera Transición porque significó el resquebrajamiento del régimen de la Guerra Civil. Se rompió la estructura económica de ordeno y mando y se liberalizó la economía. Como consecuencia, se arreglaron algunos problemas como la inflación. Hubo inversión exterior -la interior, como de costumbre, ni estaba ni se la esperaba-  La ‘clase trabajadora’ vivió dificultades derivadas de congelaciones salariales y se produjo un aumento del paro, que se palió con la emigración al extranjero que, además, enviaba remesas en divisas. Pero como el español ha sido siempre muy sufrido y venía de hambres muy negras, no lo notó demasiado. Es decir: se cambió una estructura de poder por otra. El proceso sería por partes, pero ya de forma definitiva. El viejo poder claudicaba: sólo tendría peso en la medida que se sumara al nuevo estado -económico de cosas- o sería irrelevante.

El turismo surgió como industria de primer nivel y ese turismo significó también un fuerte impulso a la evolución social de un país que empezó a ver, asombrado, como la gente extranjera que no seguía las estrictas normas político-económico-religioso-sociales que a ellos les habían inculcado desde la cuna parecían ser más felices y, sobre todo, más ricos que ellos. Y quien tenía familia o amigos emigrantes en el extranjero decían lo mismo. Ese cambio social dejó el terreno abonado para una segunda fase de la Transición que algún día tendría que llegar ante el temor de buena parte del ‘sector leal’, que no eran completamente tontos y veían que se les estaba escapando el control de la población.


Y claro...

Pero Franco, que tras tomar una decisión la asumía, siempre respaldó las decisiones de sus ministros económicos que, además, no ponían nunca en cuestión el poder político. Eso no significó que los ‘leales’, que por otra parte participaban de la nueva situación económica, no trataran de recuperar posiciones. En 1962 el propio Franco frenó un intento falangista-leal de expulsar del poder al Opus. En 1967 estalló el Escándalo Matesa, que implicaba a parte de los tecnócratas. Sin embargo, ya para entonces se había ejecutado un Plan de Estabilización, uno de desarrollo, estaban previstos dos más, la inversión exterior afluía y España se estaba modernizando en todos los sentidos a pasos agigantados. Estados Unidos ya no tenía un aliado paupérrimo que recordaba aún constantemente aquellos tiempos en los que Hitler y Mussolini eran puestos como modelos. Un historiador poco complaciente como Juan Pablo Fusi señala que la dictadura franquista, que por momentos fue la peor de Europa, superando incluso a Hitler o Stalin, llegó a ser también políticamene la más benévola del mundo. Ese periodo el de los años 1962 (aunque en 1963 se fusiló a Grimau, última ejecución por hechos sucedidos durante la Guerra Civil) a 1972, fueron los años del Desarrollo, cuando la aspiración española era entrar en el Mercado Común.

Vamos a dejarlo aquí por hoy. Simplemente, apuntar que los Tecnócratas tenían un gran valedor en el sector ‘leal’: un hombre tan próximo a Caudillo como Luis Carrero Blanco.

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